.Las llaves.


Aunque a veces le dejo ir delante...
Por aquello de que hay una belleza fatal...
En confiar a lo desconocido tu suerte...

Desde que cada mañana tomo la decisión...
De hacer algo distinto cada día...
Al destino le echo migas por el camino...

Pa' que no se pierda...

Y a pesar de no ser...
Ni un artista...
Ni un filósofo...
Ni un escritor...
Ni un poeta...
Soy capaz de juntar varias letras...

Y haciéndolo aprendí...

Que antes de fabricar cerraduras...
Es mejor haber aprendido...
A hacer las llaves para sus puertas.

.No.

No pongas los codos en la mesa...
No sorbas la sopa...
No arrugues la servilleta...

No salgas a jugar sin terminar los deberes...
No hables en clase...
No te enamores de esa chica...

No exprimas el tiempo...

No salgas a bailar...
No hagas ruido en la biblioteca...
No dejes de estudiar...

No lleves la contraria...
No dañes aunque sea sin querer...
No insultes la inteligencia del poderoso...

No fumes...
No bebas...
No te drogues...

No comas esto...
No hagas lo otro...

No vayas a festivales...
No acampes en la playa...
No seas tan loco...

No pidas nada...
mucho menos que te entiendan...

Simplemente...

Se correcto...
Se educado...
Se adinerado...

Tal vez haya algo erróneo en esta vida sin vocación de vivirla...
En esta heredada vida de burgués...
Y de escritor que nada publica...

Tal vez haya caído enfermo como autodefensa a mi propia dejadez...

Tal vez sea hora de dar el no a todos los nos...

Sobre todo a vivir en paz...

Y así... vivir... a secas.

.Sueños.

Hay quien lucha contra la muerte...
Yo solo la distraigo escribiéndole textos y poemas porque a ella siempre le casan las cuentas... 
Sale a lo suyo... 
Pero si no se lleva a uno se lleva a otro... 
Aunque justamente a ese no le toque... 
Lo que no sabe es que para dejarme matar tiene que hacer que deje de soñarte... 

Es por eso que tengo un batallón de sueños apostados entre las sábanas para defenderte mientras duermo...
Ella solo tiene un silencioso recuerdo que utiliza el sonido de las agujas del reloj para camuflar sus pasos...
Mostrándome entre desvelos tus lágrimas... 

Sabe que para mi alma son puñaladas... 

Entre sudores puede que logre despertarme... 
Pero basta con abrazarte...
Luchar para recuperar el territorio perdido...

Como única arenga tus jadeos...
Como únicos muertos los minutos...
Como únicos vencedores...

Los sueños.

.Ceros.


La infancia acaba oficialmente cuando le añades a la edad el primer cero, acaba, pero no ocurre nada. Todo queda igual. Todo se detiene en un silencio únicamente interrumpido por el ronroneo de los motores de la carrera que en unos cuantos años iniciarás. A muchos les disgusta el ruido de los motores; yo, en cambio, lo prefiero al de las voces... Te mecen, te acunan, como si estuvieses eternamente en la línea de salida. No hay competición, no hay rivalidad, sólo el ruido de los motores... Que te aísla de las pirámides de chillidos creadas por necesidad de lanzarse fuera de la garganta, más que para dirigirse a alguien...  

Cuando añadí el segundo cero ni siquiera sabía explicarme por qué en la ciudad lloraba y en la playa no. Debía de ser la sal, que me servía de escudo... O que aprendí a creer en lo que veía escrito, porque hablando se dicen un montón de mentiras, pero cuando uno las escribe, entonces se convierten todas en verdad... Por eso me empezaron a gustar los besos, ese preciso momento en el que los labios se desnudan de palabras para abajo y te dejan ver el alma de quien te besa y es besado... 

Cuando añadí el tercer cero, me di cuenta de que los remordimientos no atormentan a quien se sale con la suya... Cuando eres consciente que la infancia ya pasó y ocurrió todo lo que tenía que ocurrir, que otra paz se acerca porque ya no muestras atención por los amaneceres,  sino que tu mirada prefiere correr siempre al oeste para rebañar la última luz del plato del horizonte. 

Me pregunto cuando perdió su esencia la palabra mantener, que entraña en sí misma la promesa de tender la mano, no de retirarla... Hasta eso ha sido kapaz de ensuciar el dinero. Pero eso es algo que veo ahora, pasado el tercer cero. No lo veía entonces, mecido por el sonido de los motores, cuando no hacía caso a las voces y mi única preocupación eran los besos.  

Ahora ya no hay tiempo para remordimientos, no hay tiempo para los besos, ni para las palabras. 

Sólo hay tiempo para la competitividad, para las voces, para medir todo únicamente por su cantidad de ceros. 

Sólo hay tiempo para dar la enhorabuena a este sistema que tritura los sueños convirtiéndolos únicamente en necesidad de dinero.

.En la oscuridad.




Aspiró el aire húmedo que entraba por la ventana por unos segundos, paladeó su sabor fresco, nocturno, solitario.

 Satisfecho se dirigió a la cama, se sentó en ella y se detuvo a escuchar y observar por unos segundos antes de recostarse, el sonido de la lluvia sobre el tejado, las gotas que salpican la ventana al golpear en el alféizar, el olor a tierra mojada... Sí, había acertado al mudarse a las afueras de la ciudad, no había en el mundo mayor placer que leer una novela antes de caer rendido en esa enorme cama de plumas. Aunque las maderas de la casa crujiesen con el viento, aunque las tuberías viejas sonasen y vibrasen como si el mismísimo infierno fuese abrirse paso por ellas cada vez que abría un grifo. Sacudió la cabeza y con un par de palmadas mentales espantó los pensamientos negativos como si de una bandada de pájaros se tratase. Sí, había sido una decisión estupenda.

Sonrió y se recostó en la almohada, tomó el libro de su mesita de noche depositando el marca páginas al lado del despertador, introdujo la nariz entre las viejas hojas, aspirando el olor del paso del tiempo por aquellas páginas amarillentas y se dispuso a sumergirse en la lectura. No sabe cuánto tiempo pasó leyendo antes de quedase dormido, pero se ha despertado con el libro sobre su cara y la luz extrañamente apagada. Por la ventana se cuela el resplandor blanquecino de la Luna, por el silencio reinante supone que la tormenta ha cesado y al ir a calzarse sus babuchas se percata de que estas no se encuentran junto a la cama, se desliza hasta el suelo e introduce la mano a tientas bajo la cama para intentar encontrarlas... Nada.

Se pone en pie y coge el vaso de agua vacío que tiene junto a la almohada cuando le parece escuchar un crujido sobre su cabeza, se detiene por un segundo y observa el techo, viejo, descuidado, con algunas escamas de pintura levantada, y un par de manchas de humedad aquí y allá... "imaginaciones mías nada más, hay que ver, tengo que pintar la casa, parece aún más vieja de lo que es", piensa mientras abre el grifo del baño.

El agua, al principio, sale como si un loco con espasmos en pleno tratamiento de electroshock sujetase la manilla de un sifón, acompañada de ruidos tan fuertes que toda la vecindad se despertaría con un susto de muerte, si hubiese vecindad. Es uno de esos momentos en los que se alegra de no tener vecinos en kilómetros a la redonda... Mientras piensa en esto con una sonrisa, el agua deja de fluir, la sonrisa se trunca entonces en una mueca de disgusto, "¡Ooooh, mierda!¡Ya no puedo más! ¡Estúpidas tuberías! ¡Estúpida casa! ¡¡Dame de beber!!" grita mientras abre y cierra el grifo, es cuando vuelve a escuchar el crujido sobre él, se queda en silencio, observa atentamente el techo totalmente inmóvil y en silencio, espera con su mirada clavada en la lámpara unos segundos que se le hacen eternos... Y vuelve a escucharlo... Sigue mirando hasta que de nuevo las maderas crujen, entonces baja la mirada al grifo, decidido a subir al desván a descubrir el origen de esos sonidos cuando, "¡¿Oh Dios mío, qué es esto?!".

Un chorro negro sale silencioso del grifo, extendiéndose por todo el lavabo, no sólo por el lavabo sino que cubre toda la superficie de este y se desliza por la pared hasta el suelo. Aparta la mano del grifo instintivamente y sale del cuarto de baño como puede, mientras busca el interruptor de la luz a tientas en la pared observa como la mancha negra se extiende por el suelo del baño cubriéndolo casi por completo y cuando consigue alcanzar el interruptor y la bombilla se enciende el chorro del grifo se paraliza, como congelado, la mancha oscura se detiene por unos instantes, y cuando su vista se acostumbra a la luz esta también lo hace, vuelve a brotar del grifo y la enorme alfombra negra que hay en el suelo comienza a trepar por la pared, "¡oh, dios mío, dios mío, son arañas!" balbucea mientras la marabunta que surge del grifo comienza a cubrir por completo el suelo y las paredes. Retrocede hasta la cama y se sube en ella, absorto por el miedo y el asco no ve como por el quicio de la puerta del dormitorio, asoman unas patas enormes, oscuras, cubiertas de pelo y al fondo cuatro pares de ojos rojizos que se introducen en el cuarto trepando por el techo hasta estar justo encima de él. Unas gotas de algo parecido a baba le caen entonces sobre el hombro, las mira con cara sorprendida y mientras las toca con los dedos alza la mirada temblorosa y llena de asco instantes antes de que un enorme aguijón le atraviese el pecho levantándole sobre la cama de plumas y llenando las sábanas de sangre.

Se despierta con un grito mudo, sudando y palpitando de pánico, la luz encendida y el libro entre las sábanas, toma un trago de agua del vaso de noche y después de tranquilizarse y recuperar el aliento, suspira, "Era sólo una pesadilla", coloca el marca páginas en el libro, apaga la lámpara y se tumba de nuevo, dispuesto a que el sueño le venza lentamente, es entonces cuando escucha un crujido, abre los párpados de par en par y descubre 4 pares de ojos rojizos observándole desde el techo en la oscuridad, se levanta de un salto de la cama y sin ponerse las babuchas, ni dejar de gritar, se arroja de cabeza por la ventana antes de que las ocho bombillas de la lámpara del techo se terminen de apagar.

.El mejor regalo.



Apuró su cigarrillo hasta casi quemarse los dedos y lo apretó con saña contra el cenicero, dio un largo trago a su cerveza y se puso en pie, se sintió observado y mientras se colocaba sus gafas de sol buscó con la mirada para encontrarse con los ojos de su observador, cuando la encontró le dedicó una sonrisa antes de que ella bajase la mirada, avergonzada. Cada vez que se levantaba no faltaba una mirada furtiva, no en vano, su altura le delataba entre la gente de un tamaño normal y corriente. Algo así le ocurría en su trabajo, donde también destacaba y donde recibía continuamente miradas de envidia, a veces sana, otras no tanto, y las cuales pagaba de igual modo, devolviendo una de sus eternas sonrisas. Nunca le importó la opinión del resto, nunca tuvo que dar explicaciones ante nadie, lo que hacía lo hacía lo mejor que sabía y como mejor se podía hacer, para eso pasaba horas frente a una cerveza fría y un cigarrillo, para encontrar la solución perfecta a cualquiera de las situaciones en las que se veía envuelto. Pagó la cuenta dejando una considerable propina y se alejó del lugar caminando.

Llegó al lugar del encargo, con elegancia, con su polo del Milán y unos vaqueros, allí le esperaba yo, con mis pantalones anchos y caídos y mi camiseta de tirantes, tan distintos pero tan parecidos a la vez. Bastó con dos sonrisas como saludo, nos acercamos al maletero abierto, y cogimos las dos armas que descansaban en su interior.

- Un año más aquí nos encontramos, preparados para hacer vibrar a estas pequeñas con unos bonitos serventesios.

Nos dirigimos con paso firme hasta la puerta del Mc Donald, aspiramos el olor a patatas fritas y hamburguesas y como cada año, le dejé a él la frase de apertura en esta cacería anual.

- Siempre quise ser como las patatas fritas, crujientes, doradas y rizadas...
- ¿Por qué no es tu cumpleaños todos los días, joder?
- Perdería la gracia.

Y mientras nosotros tarareábamos el gran "Love me tender" de Elvis, el primer cargador lo vaciamos al unísono sobre un gordo que cantaba una canción de Rick Astley.

.El sótano.


Puede que nadie le crea, pero yo no puedo evitar, en lo más profundo de mí y con una fe ciega, intentar encontrarle alguna lógica, es mi amigo de la infancia y no soporto verlo así, atado a esa silla de ruedas y alimentado tres veces al día por una enfermera, con la mirada perdida en el infinito y sin recordar si quiera su nombre. Lo que os voy a contar es algo que él mismo me contó ayer durante mi visita diaria en uno de sus accesos de cordura, si se le puede llamar así, logrado, supongo, por el tratamiento de electro shocks que el Doctor le administra todas las mañanas, no lo sé, pero el relato me resultó tan extraño que me encuentro en la necesidad de compartirlo con vosotros, sólo porque a lo mejor, expresándolo a través de palabras más coherentes que las utilizadas por él, sirva para intentar comprender el descenso a la locura a la que se ha visto abocado mi gran amigo, y que, de algún modo, pueda servirnos de ayuda para hacerle regresar a la cordura.


Es de noche, se despierta sobresaltado, unas gotas de sudor recorren su frente mientras alcanza el reloj despertador de la mesita de noche en un gesto que ya se ha vuelto mecánico. Se frota los ojos, lo mira atentamente durante unos segundos y lo deposita de nuevo en su lugar con un suspiro, las 03:00, otra vez. 

Se levanta de la cama preguntándose por qué demonios tiene que pasar por esto cada noche. Con esta, son ya alrededor de treinta las veces que se ha despertado de madrugada a la misma hora, "¿será esta casa?, ¿por qué tuvo que aceptar la herencia de su difunto tío y mudarse sin pensárselo dos veces?, ¿por qué no pasó en esta dichosa mansión al menos un par de noches antes de organizarlo todo y venirse a vivir, solo, al otro extremo de la ciudad?"... O tal vez la culpa sea de Margie, su muerte repentina hace un año le dejó secuelas psicológicas de las que aún se está reponiendo," ¿por qué tuvo que salir a celebrar su ascenso aquella noche? ¿por qué no se quedó conmigo como todas las noches?"... No sabe la respuesta correcta y no consigue olvidar el charco de sangre y el cordón policial en el callejón junto a la ventana de su cuarto aquella madrugada. 

Coge un vaso de cristal de Bohemia del fregadero, lo llena de agua y observa como los rayos de luz de la luna lo atraviesan, dibujando haces de colores en su interior... "Precioso, echarle la culpa a quien ya no está entre nosotros"... Dándole un sorbo, observa a través de la ventana como el viento despoja poco a poco de sus hojas el cerezo que hay frente a la casa, y siguiendo con la mirada el vuelo errante de una de ellas, recae en el cerrojo oxidado del acceso exterior que da al sótano... "Tal vez sea hora de echar un vistazo ahí abajo". 

Toma un cincel y un martillo de la caja de herramientas, enciende una lámpara de aceite del zaguán trasero y se dirige con ella decidido hacia las viejas puertas, se acuclilla frente a ellas, deja a un lado la lámpara y con un golpe seco hace saltar el cerrojo, se detiene unos instantes y con una aspiración decidida, agarra el tirador oxidado y levanta las maderas carcomidas.

Al abrir el acceso, un soplo de aire húmedo, caliente y apestoso le golpea el rostro, se aparta trastabillando, dando un par de pasos hacia atrás y sin dejar de mirar el interior. "Por Dios, ¿qué hay ahí abajo, un montón de pescado podrido?". Saca un pañuelo de su pantalón del pijama, y lo sostiene cubriéndose la nariz y la boca, con la otra mano, recoge la linterna y comienza el descenso.

Al contrario de lo que dicta la lógica los escalones no acaban en una sala bajo la casa, estos comienzan a girar en torno a un eje central transformando la escalera del sótano en una especie de escalera de caracol lúgubre y maloliente hacia las profundidades de la tierra. 

Después de perder la noción del tiempo y la profundidad a la que se encuentra, la escalera llega a una abertura que se ensancha hasta convertirse en una especie de gruta, alumbra las paredes y en ella puede observar lo que parece una historia narrada con dibujos tallados en la roca de manera tosca pero nítida, como si estuviesen arañados en la fría piedra por un cincel muy fino o, que cosa tan increíble, unas garras afiladas. 

Acercando la linterna se pueden apreciar humanoides, con aletas y branquias, saliendo de lo que parecen los ríos y lagos de una isla, dirigiéndose ordenadamente hacia una montaña con un obelisco en su cima. Al girar en el siguiente recodo de la gruta, el hedor se hace tan penetrante que nota como si le faltase el aire, pero la curiosidad, le hace enfocar la linterna hacia la pared contigua y observar como las figuras danzan alrededor del obelisco y junto a ellos puede ver lo que parecen símbolos o algo parecido a palabras en una lengua que desconoce.


Llegados a este punto del relato, mi amigo Edward comenzó a convulsionar y balbucear algo que no entendí, pero que pareció algo así como una advertencia que no alcancé a comprender, las enfermeras le suministraron un sedante pero antes de dormirse conseguí que terminase de contarme la historia, sin duda, lo más extraño e irreal de todo es este pasaje.


Al parecer, instado por la valentía que le otorgaba una curiosidad que nunca antes había poseído, continuó su descenso por la gruta hasta llegar a una cueva tan inmensa y con una oscuridad tan densa, que la linterna alumbraba escasamente medio metro frente a él. Fue entonces cuando lo escuchó y pudo reconocer lo que le despertaba todas las noches. Era como el respirar de la tierra acompasado por el latido de un corazón, probablemente, del tamaño de una casa. Caminó guiado por un aliento caliente y hediondo que silbaba al escaparse por la abertura de la gruta y que hacía tililar la llama de la linterna, cuando sintió la presencia de algo frente a él, levantó la linterna hacia la oscuridad y un enorme ojo del tamaño de un hombre estrechó su pupila roja como un rubí, le miró fijamente y fue, a partir de ese momento, cuando un terror tan inmenso y profundo como el universo se adueñó de su conciencia.


El resto lo sé por el informe policial, al parecer, le encontraron alertando a los vecinos para que ninguno entrase en el sótano de la casa a la que acababa de prender fuego y del que una vez extinto, y entre las ruinas calcinadas, los bomberos habían declarado que no había ni rastro, ni en ese momento, ni de que hubiese existido alguna vez. A lo que mi amigo respondió con una negación tan violenta y paranoide que la policía determinó en ese instante internarlo en este psiquiátrico. Lo trasladaron en el coche patrulla mientras no dejaba de repetir una y otra vez:

"Se ha despertado y ya viene, se ha despertado y ya viene!!!"