.No tengas miedo.


No tengas miedo de mí...
Teme tan sólo al día...
En el que debas pedir perdón por hacer reír.

.Reinvención.


Me gusta ser lo más sucio que hay en tu habitación...
no ser capaz de escapar de tu húmeda prisión...
pasar la vida en su interior...
hasta con el pensamiento...
acariciando sus paredes...
con mi cara siempre entre los barrotes...
sin parar de crecer allá dentro...
en continua reinvención...

Intento explicarte el truco para pensar menos...

y así sentir más...
a cambio debes enseñarme a ser normal...
sin ser por eso insoportable...
mudando día a día pedacitos de piel...
y de cerebro...
en continua metamorfosis...

Lo sé...

es contradictorio pero cierto...
sin ningún guión...
escribiremos entre los dos un cuento...
con miles de páginas...
pero ninguna aburrida...
con tachones y correcciones...
con subidas y bajones...
y con monigotes en los márgenes...

Un cuento que no sea perfecto...


Pero que sea nuestro.

.Las llaves.


Aunque a veces le dejo ir delante...
Por aquello de que hay una belleza fatal...
En confiar a lo desconocido tu suerte...

Desde que cada mañana tomo la decisión...
De hacer algo distinto cada día...
Al destino le echo migas por el camino...

Pa' que no se pierda...

Y a pesar de no ser...
Ni un artista...
Ni un filósofo...
Ni un escritor...
Ni un poeta...
Soy capaz de juntar varias letras...

Y haciéndolo aprendí...

Que antes de fabricar cerraduras...
Es mejor haber aprendido...
A hacer las llaves para sus puertas.

.No.

No pongas los codos en la mesa...
No sorbas la sopa...
No arrugues la servilleta...

No salgas a jugar sin terminar los deberes...
No hables en clase...
No te enamores de esa chica...

No exprimas el tiempo...

No salgas a bailar...
No hagas ruido en la biblioteca...
No dejes de estudiar...

No lleves la contraria...
No dañes aunque sea sin querer...
No insultes la inteligencia del poderoso...

No fumes...
No bebas...
No te drogues...

No comas esto...
No hagas lo otro...

No vayas a festivales...
No acampes en la playa...
No seas tan loco...

No pidas nada...
mucho menos que te entiendan...

Simplemente...

Se correcto...
Se educado...
Se adinerado...

Tal vez haya algo erróneo en esta vida sin vocación de vivirla...
En esta heredada vida de burgués...
Y de escritor que nada publica...

Tal vez haya caído enfermo como autodefensa a mi propia dejadez...

Tal vez sea hora de dar el no a todos los nos...

Sobre todo a vivir en paz...

Y así... vivir... a secas.

.Sueños.

Hay quien lucha contra la muerte...
Yo solo la distraigo escribiéndole textos y poemas porque a ella siempre le casan las cuentas... 
Sale a lo suyo... 
Pero si no se lleva a uno se lleva a otro... 
Aunque justamente a ese no le toque... 
Lo que no sabe es que para dejarme matar tiene que hacer que deje de soñarte... 

Es por eso que tengo un batallón de sueños apostados entre las sábanas para defenderte mientras duermo...
Ella solo tiene un silencioso recuerdo que utiliza el sonido de las agujas del reloj para camuflar sus pasos...
Mostrándome entre desvelos tus lágrimas... 

Sabe que para mi alma son puñaladas... 

Entre sudores puede que logre despertarme... 
Pero basta con abrazarte...
Luchar para recuperar el territorio perdido...

Como única arenga tus jadeos...
Como únicos muertos los minutos...
Como únicos vencedores...

Los sueños.

.Ceros.


La infancia acaba oficialmente cuando le añades a la edad el primer cero, acaba, pero no ocurre nada. Todo queda igual. Todo se detiene en un silencio únicamente interrumpido por el ronroneo de los motores de la carrera que en unos cuantos años iniciarás. A muchos les disgusta el ruido de los motores; yo, en cambio, lo prefiero al de las voces... Te mecen, te acunan, como si estuvieses eternamente en la línea de salida. No hay competición, no hay rivalidad, sólo el ruido de los motores... Que te aísla de las pirámides de chillidos creadas por necesidad de lanzarse fuera de la garganta, más que para dirigirse a alguien...  

Cuando añadí el segundo cero ni siquiera sabía explicarme por qué en la ciudad lloraba y en la playa no. Debía de ser la sal, que me servía de escudo... O que aprendí a creer en lo que veía escrito, porque hablando se dicen un montón de mentiras, pero cuando uno las escribe, entonces se convierten todas en verdad... Por eso me empezaron a gustar los besos, ese preciso momento en el que los labios se desnudan de palabras para abajo y te dejan ver el alma de quien te besa y es besado... 

Cuando añadí el tercer cero, me di cuenta de que los remordimientos no atormentan a quien se sale con la suya... Cuando eres consciente que la infancia ya pasó y ocurrió todo lo que tenía que ocurrir, que otra paz se acerca porque ya no muestras atención por los amaneceres,  sino que tu mirada prefiere correr siempre al oeste para rebañar la última luz del plato del horizonte. 

Me pregunto cuando perdió su esencia la palabra mantener, que entraña en sí misma la promesa de tender la mano, no de retirarla... Hasta eso ha sido kapaz de ensuciar el dinero. Pero eso es algo que veo ahora, pasado el tercer cero. No lo veía entonces, mecido por el sonido de los motores, cuando no hacía caso a las voces y mi única preocupación eran los besos.  

Ahora ya no hay tiempo para remordimientos, no hay tiempo para los besos, ni para las palabras. 

Sólo hay tiempo para la competitividad, para las voces, para medir todo únicamente por su cantidad de ceros. 

Sólo hay tiempo para dar la enhorabuena a este sistema que tritura los sueños convirtiéndolos únicamente en necesidad de dinero.

.En la oscuridad.




Aspiró el aire húmedo que entraba por la ventana por unos segundos, paladeó su sabor fresco, nocturno, solitario.

 Satisfecho se dirigió a la cama, se sentó en ella y se detuvo a escuchar y observar por unos segundos antes de recostarse, el sonido de la lluvia sobre el tejado, las gotas que salpican la ventana al golpear en el alféizar, el olor a tierra mojada... Sí, había acertado al mudarse a las afueras de la ciudad, no había en el mundo mayor placer que leer una novela antes de caer rendido en esa enorme cama de plumas. Aunque las maderas de la casa crujiesen con el viento, aunque las tuberías viejas sonasen y vibrasen como si el mismísimo infierno fuese abrirse paso por ellas cada vez que abría un grifo. Sacudió la cabeza y con un par de palmadas mentales espantó los pensamientos negativos como si de una bandada de pájaros se tratase. Sí, había sido una decisión estupenda.

Sonrió y se recostó en la almohada, tomó el libro de su mesita de noche depositando el marca páginas al lado del despertador, introdujo la nariz entre las viejas hojas, aspirando el olor del paso del tiempo por aquellas páginas amarillentas y se dispuso a sumergirse en la lectura. No sabe cuánto tiempo pasó leyendo antes de quedase dormido, pero se ha despertado con el libro sobre su cara y la luz extrañamente apagada. Por la ventana se cuela el resplandor blanquecino de la Luna, por el silencio reinante supone que la tormenta ha cesado y al ir a calzarse sus babuchas se percata de que estas no se encuentran junto a la cama, se desliza hasta el suelo e introduce la mano a tientas bajo la cama para intentar encontrarlas... Nada.

Se pone en pie y coge el vaso de agua vacío que tiene junto a la almohada cuando le parece escuchar un crujido sobre su cabeza, se detiene por un segundo y observa el techo, viejo, descuidado, con algunas escamas de pintura levantada, y un par de manchas de humedad aquí y allá... "imaginaciones mías nada más, hay que ver, tengo que pintar la casa, parece aún más vieja de lo que es", piensa mientras abre el grifo del baño.

El agua, al principio, sale como si un loco con espasmos en pleno tratamiento de electroshock sujetase la manilla de un sifón, acompañada de ruidos tan fuertes que toda la vecindad se despertaría con un susto de muerte, si hubiese vecindad. Es uno de esos momentos en los que se alegra de no tener vecinos en kilómetros a la redonda... Mientras piensa en esto con una sonrisa, el agua deja de fluir, la sonrisa se trunca entonces en una mueca de disgusto, "¡Ooooh, mierda!¡Ya no puedo más! ¡Estúpidas tuberías! ¡Estúpida casa! ¡¡Dame de beber!!" grita mientras abre y cierra el grifo, es cuando vuelve a escuchar el crujido sobre él, se queda en silencio, observa atentamente el techo totalmente inmóvil y en silencio, espera con su mirada clavada en la lámpara unos segundos que se le hacen eternos... Y vuelve a escucharlo... Sigue mirando hasta que de nuevo las maderas crujen, entonces baja la mirada al grifo, decidido a subir al desván a descubrir el origen de esos sonidos cuando, "¡¿Oh Dios mío, qué es esto?!".

Un chorro negro sale silencioso del grifo, extendiéndose por todo el lavabo, no sólo por el lavabo sino que cubre toda la superficie de este y se desliza por la pared hasta el suelo. Aparta la mano del grifo instintivamente y sale del cuarto de baño como puede, mientras busca el interruptor de la luz a tientas en la pared observa como la mancha negra se extiende por el suelo del baño cubriéndolo casi por completo y cuando consigue alcanzar el interruptor y la bombilla se enciende el chorro del grifo se paraliza, como congelado, la mancha oscura se detiene por unos instantes, y cuando su vista se acostumbra a la luz esta también lo hace, vuelve a brotar del grifo y la enorme alfombra negra que hay en el suelo comienza a trepar por la pared, "¡oh, dios mío, dios mío, son arañas!" balbucea mientras la marabunta que surge del grifo comienza a cubrir por completo el suelo y las paredes. Retrocede hasta la cama y se sube en ella, absorto por el miedo y el asco no ve como por el quicio de la puerta del dormitorio, asoman unas patas enormes, oscuras, cubiertas de pelo y al fondo cuatro pares de ojos rojizos que se introducen en el cuarto trepando por el techo hasta estar justo encima de él. Unas gotas de algo parecido a baba le caen entonces sobre el hombro, las mira con cara sorprendida y mientras las toca con los dedos alza la mirada temblorosa y llena de asco instantes antes de que un enorme aguijón le atraviese el pecho levantándole sobre la cama de plumas y llenando las sábanas de sangre.

Se despierta con un grito mudo, sudando y palpitando de pánico, la luz encendida y el libro entre las sábanas, toma un trago de agua del vaso de noche y después de tranquilizarse y recuperar el aliento, suspira, "Era sólo una pesadilla", coloca el marca páginas en el libro, apaga la lámpara y se tumba de nuevo, dispuesto a que el sueño le venza lentamente, es entonces cuando escucha un crujido, abre los párpados de par en par y descubre 4 pares de ojos rojizos observándole desde el techo en la oscuridad, se levanta de un salto de la cama y sin ponerse las babuchas, ni dejar de gritar, se arroja de cabeza por la ventana antes de que las ocho bombillas de la lámpara del techo se terminen de apagar.